Narrativa

Crítica de cine

“La tercera esposa (The Third wife)” 2018 –Película de la directora vietnamita Ashleigh Mayfair, ganadora del Premio a mejor película asiática en el Festival de Toronto del 2018, y Premio TVE – Otra mirada en el Festival de San Sebastián en 2018. Ópera Prima.

Revista electrónica La Libélula Vaga - 1 de Octubre del 2019

Seres Circulares

Amazon Kindle Direct Publishing, 2019.

La Tierra ha sufrido EL GRAN IMPACTO de un planetesimal que convulsiona el planeta y hace que parte de los humanos hayan de permanecer en las Ciudades Plataforma sumergidas bajo el mar. Esto sucede en los albores del siglo XXIII en la Tierra. Un decenio antes, quinientas mil personas, previamente elegidas, se habían trasladado al conglomerado de las veinte estaciones de Dodecalia, una civilización de alto nivel científico-tecnológico. Mientras que, casi paralelamente, otra parte de los humanos apuestan por el planeta Polux que una serie de científicos y astronautas descubren y colonizan, ya que posee unas características para la vida muy parecidas a las de la Tierra en tiempos de sus orígenes humanos.

La novela misma representa el special-book que una estudiante llamada Isla y nacida en el planeta Polux está escribiendo, a partir del material que su maestro el Sr. John le facilita y que protagonizan distintos personajes como Artemisia de Dodecalia que es violada cuando niña por su propio padre biológico y es represaliada por esa sociedad. Artemisia
a través de otro personaje llamado Flix descubrirán seis historias del pasado terrestre que se intercalan con las historias situadas en el futuro. La huida de sociedades opresivas y la esperanza de regeneración es la tónica dominante de todos los personajes que intervienen.

Especial relevancia tiene el robot ciberperson Marc 10 que pudo ser salvado de la última acometida del equipo Blade Runner en Dodecalia, y que tiene como especialidad la acumulación memorística digital-holográfica de ideas, eventos históricos y actuaciones humanas, la valoración crítica de la información recopilada y la previsión de posibles acontecimientos; así como la misión de dejar a buen recaudo toda la información acumulada del pasado de la civilización humana.

Una novela que se desliza entre la realidad y la fantasía estableciendo paralelismos entre ambas y poniendo de relieve el carácter cíclico de la existencia.

Revista Cuadernos del Matemático nr. 53 Febrero 2015
La habitación contigua a la muerte

Al otro lado de la pared de la habitación estaba el cuarto de baño. Aquella noche el agua no paraba de deslizarse a través de las cañerías, ¿por qué aquella noche, precisamente, habían coincidido todos los seres humanos en utilizar constantemente esos precisos sanitarios? ¿Querían quizás transmitirle algún mensaje? Porque si su intención era esa... casi lo habían conseguido. Ese ruido constante que el agua helada producía al desparramarse por aquellos constreñidos tubos se parecía a la muerte... Era el mes de Febrero. Su mente ideaba la manera de salir del Hospital y dirigirse a su vivienda particular al objeto de coger el coche que debía permanecer en el parking, y el resto era ya muy fácil, conduciría hasta las costas del Garraf, y desde uno de sus acantilados se precipitaría con el mismo automóvil hasta las aguas del mar Mediterráneo. Punto final.
       Y sin embargo, aunque sentía la necesidad de poner fin a aquel constante desasosiego, no estaba dispuesta a sufrir más, ni siquiera en la hora de su muerte. Se imaginaba, entonces, lo terroríficas que serían las aguas gélidas penetrándola, en esa noche hibernal y en ese mar... Y volvía a la causa... al por qué de ese deseo fúnebre que no llegaba a entender de forma racional... ¿Qué había hecho ella para merecer la muerte? Intentaba recorrer los entresijos de su memoria en busca del delito que lo justificara... A medida que transcurrían las horas, el hecho de merecer la muerte le parecía cada vez más serio... Habías de haber cometido algo muy grave... como por ejemplo haber causado tú la muerte a otros seres humanos, o haber obligado a otros a cometerla, haber vendido a un hijo, a unos padres, a un hermano o a la persona amada, o en menor medida haber vendido tu alma, tu cuerpo o tu dignidad personal... Y aunque estaba segura de no haber realizado ninguna de esas cosas, algunas incluso resultaban dudosas de que merecieran la muerte... En realidad, pensándolo bien, nadie tenía derecho a poner fin a la vida de otra persona... ni a la propia sin un buen motivo. Entonces, por qué ella sentía ese deseo tan visceral...
       Recordaba siempre en esas circunstancias la novela titulada El Proceso, que había escrito Kafka, un escritor muy admirado por ella. El protagonista era de pronto denunciado y obligado a asistir a un interminable periplo de declaraciones y juicios interminables que no acababan nunca de tener sentido, precisamente porque el personaje principal por más que se esforzaba, no conseguía encontrar la causa por la que era juzgado, ni por tanto la culpa.
       Ya habían transcurrido veinte años de haber sido liberada del horror. Un soldado soviético la encontró encerrada y temblando en el oscuro armario de la habitación... No sabía bien lo que había pasado, pues se encontraba aislada, y no tenía relación con el resto de prisioneros del Campo de concentración de Auschwitz, aunque ella también había sido muchas veces testigo auditivo de aquellas interminables noches de música de violines, conciertos que tenían lugar delante de las colas de las personas indefensas que eran introducidas en las cámaras de gas, como cínica y cruel antesala al drama de una muerte irrevocable... Y el olor a carne humana quemada que se filtraba a través de la altísima ventana. Esas eran sus únicas conexiones con el exterior del Campo... Ella permanecía prisionera entre cuatro paredes... No se había enterado de que la guerra por fin había acabado, y de que sus verdugos la habían perdido... Después de su liberación comprendió por qué el coronel Bawer hacía más de una semana que no daba señales de vida.
       A veces ella misma creía que, había cierta condescendencia mórbida durante esas épocas suyas de crisis, en recordar aquellas circunstancias que quedaban el resto del tiempo como sedadas o encapsuladas... según decía su psiquiatra. En el pasado una no se podía permitir los dilemas de conciencia; cuando estás tan cerca de una muerte que tú no has elegido, la mente permanece completamente concentrada en el modo de resistir y vencerla. ¿Acaso había tenido otra opción, si no quería sucumbir a ella?
       Al acabar la guerra y ser liberada, se enteró de que toda su familia había muerto, excepto su hermana cinco años mayor que ella, que había regresado al país del padre y se había casado con un catalán. Sus padres y parte de la familia habían perecido en los campos de exterminio, y sus otros dos hermanos por accidentes derivados de la guerra. Así que Alicia decidió ir a España y fijar su residencia en Barcelona.
       Al cabo de cuatro años conoció a Alex, un joven de treinta, dos menor que Alicia, que trabajaba de técnico en el Departamento de Trabajo. Ella también había entrado a trabajar en esas instancias, después de aprobar unos exámenes de selección de personal. Alex era bien parecido y de personalidad delicada y muy dulce, aunque bastante inseguro y condescendiente. A veces, él mismo desconocía lo que verdaderamente deseaba, pues la elección que ella hacía de casi todo, siempre acababa satisfaciéndolo. Enseguida decidieron vivir juntos. Los padres de Alex insistían en que su mayor anhelo era verlos casados. Así que, ante la insistencia familiar decidieron casarse. Él sentía una especial adoración por ella. Y no es que esta no le correspondiera, pues a Alicia le parecía la persona más bondadosa y encantadora de la Tierra, aunque quizás hubiera preferido alguien algo menos dócil, que hubiera establecido más contrapuntos... quizás una personalidad más fuerte... A veces Alicia inconscientemente, por alguna palabra o un gesto que se le escapaba... provocaba en él una angustia de orden irracional que derivaba en llanto... quizás por el temor a que aquella hebra que los unía, tan sumamente delicada y frágil, pudiera llegar a romperse... Entonces ella sentía una poderosa compasión amorosa... que de alguna forma la ligaba necesariamente a él.
       Hasta que apareció en su vida el que sería su segundo marido. Y este sí que tenía toda una personalidad... tanta, que muchas veces Alicia quedaba anulada, aunque al principio ella tratando de compensarse se dejaba guiar... por su iniciativa y su espíritu aventurero... pero eso fue paulatinamente dando paso a extrañas y a veces humillantes solicitudes de escenas de alcoba, y al maltrato después de haber ingerido tres o cuatro whiskys... Y hacía retroceder a Alicia al principio de su infierno en los campos... removiendo en ella otras escenas que guardaba en el fondo de su memoria, y subsistían en el más completo de los secretos.
       El coronel Bawer siempre fue muy claro, esa era la única posibilidad que la podía salvar del exterminio... Así que Alicia fue obediente, y solía someterse a las demandas sexuales de él; este por el placer que le proporcionaba el reafirmarse en su dominio sobre un ser inferior, y un cuerpo que además era bello y al mismo tiempo prohibido, Alicia, según siempre pensó... para evitar la muerte...
       Y era en esas épocas oscuras en que retrocedía en el tiempo, cuando le embargaba el ansia por saber si Bawer habría sido apresado, si habría recibido su castigo o vagaría por algún país lejano, como otros nazis, escondiéndose y ocultando su verdadera personalidad... Así que, algunas veces, cuando se oían noticias al respecto... revisaba afanosa la prensa en alguna hemeroteca... y le apremiaba la urgencia de ir a la policía... encargar alguna pesquisa que diera con el personaje... Y sin embargo, sabía que, si eso se llevaba a cabo... tendría que decir toda la verdad... Entonces, ante esa posibilidad, le parecía como si estuviera presa y llena de impotencia en una bomba redonda que amenazaba explosionar con ella misma dentro, una vez encendida la mecha del correspondiente ataque de ansiedad...
       Pues lo más doloroso... era recordar... y comprobar en su propia intimidad que, en los últimos días, habiendo intuido cómo Bawer había dejado por primera vez la puerta abierta... ella se negaba a cerciorarse de ello, y a desplegar sus alas; se había escondido en aquel armario... porque conocía su adicción... se había acostumbrado a obtener un exacerbado placer del cuerpo y la presencia de su propio verdugo, de aquella dolorosa prisión y esclavitud, y quizás... como un pajarillo largo tiempo enjaulado, sentía también temor ante el espacio abierto... Así que esos detalles, en el fondo, no dejaban de avergonzarla y humillarla, y los mantenía férreamente en secreto, pues ni tan solo había osado mentarlo a ninguno de los tres psiquiatras que hasta esa fecha la habían tratado, y por tanto, algunas veces le abrumaba la duda de si los tratamientos a base de medicamentos, con los que la habían intentado sanar, harían en ella el efecto idóneo.
       Pero... si ella no había confiado a nadie su secreto... ¿por qué todos aquellos y aquellas no paraban esa noche de utilizar los sanitarios contiguos a su dormitorio...? Parecía que sí lo supieran... Se imaginaba que a través del sonido en clave de las aguas evacuadas por las tuberías dijeran ¡¡¡libérate!!! ¡¡¡salta a las aguas por el precipicio!!! ¡¡¡ Mantén tu secreto a salvo!!!
       De pronto, se iluminó la habitación, alguien acudía en su ayuda, traía algún remedio en su bandeja, el contraste con la oscuridad la deslumbró por un instante.
       Pero ahora podía apreciar con más claridad la figura del hombre envuelto en bata blanca que se aproximaba hacia ella... el cabello rubio... los mismos ojos color azul mar... la misma corpulencia... su acento alemán... y aquellas manos firmes que empuñaban la jeringuilla... y aquel temblor en todo el cuerpo de ella al reconocerlo... al recordar por qué había acudido precisamente a aquel Hospital... en donde ella volvía a zafarse... aislándose del mundo...